
No se por qué motivo esta mañana de lunes mientras conducía por la calle Peña Batlle recordé a Venancio, un español con quien trabajé muchos años en una popular librería que había hace unos años en el sector de Naco de Santo Domingo.
Recuerdo que era vendedor de la citada librería y que iba y retornaba a su hogar en la zona Oriental, nos recogía a mi a otras tres empleadas en su vehículo.
Venancio llegaba a la esquina de la avenida San Martín con Juan Erazo a eso de las 7:30 de la mañana, en su vehículo Datsun Station de los años 70´s, color amarillo, al que llamaba «la Calandria», quizas por el ave de plumas amarillas.
Recuerdo que al principio me sorprendió y admiró que diera nombre propio a un carro, ya que nunca había visto algo así y me causaba risa. Yo era casi adolescente, mis compañeras eran mayores.
Pero Venancio tenía peculiaridades que lo hacían un personaje, sui generis o muy particular. A diario al mediodía, ya que hacíamos un receso a las 12 y nos retornaba al punto de encuentro para recogernos a las 2:00 de la tarde, siempre compraba una baguette, la cual no se podía tocar, si no se quería oirle despotricar malhumorado, echando pestes que ni yo ni mis compañeras entendíamos, porque eran palabras del argot de la región española donde se había criado.
Sin embargo, Evelia y Virginia, dos de mis compañeras pellizcaban generalmente el pan que colocaba a su lado, al lado de los cambios de La Calandria, lo que provocaba el enojo de Venancio y la consiguiente retahíla que despotricaba.
Como no entendíamos nada de esos insultos, la risa no paraban en todo el trayecto, lo aumentaba su enojo, que sin embargo no duraba.
Con sus lentes de fondo vidrio de botella, como decíamos por el aumento, a veces se escapaban de su vista algunas cosas manejando y peleando por los pellizcos a su pan, fue por eso que una mañana cuando ibamos de regreso a la Quisqueyana, la librería en que laborábamos, aunque le advertí diciéndole lentamente que tuviera cuidado, fue demasiado tarde.
A un camión al parecer se le había caído un block en medio de la vía y Venancio pasó con «la calandria» sobre este, pinchando una de las gomas, de más está decir que rebuznó como un burro, no sólo del susto sino del pique por el pinche. Mientras nosotras intentamos contener la risa.
No se que se haría, pero Venancio llevaba como unos 40 años en Santo Domingo, aunque tenía familia en España a la que visitaba periódicamente.
Decían que tenía dinero, pero a él le gustaba su condición de vendedor que le permitía viajar por todo el país y compartir con amigos dominicanos y de su país.
Aunque nunca fui gran amiga de él recuerdo que en sus ratos de humor hacía chistes, mientras disfrutaba de un cigarro y de un café y que era siduo a una cafetería popular de la calle El Conde.
Sería al transitar por la avenida San Martín que le recordé y tuve que sonreir, siempre con su chacabana de mangas cortas por lo general amarilla o azul, sus lentess de cascos de botellas y el cabello peinado hacía atrás, Venancio era todo un personaje muy conocido en Santo Domingo.
