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Día de los Difuntos: de un paseo de infancia a un día de recuerdos

Una mirada a las noches de finales de los años 60, cuando visitar el cementerio era una aventura de niñas y la muerte todavía parecía lejana.…

Día de los Difuntos: de un paseo de infancia a un día de recuerdos
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Una mirada a las noches de finales de los años 60, cuando visitar el cementerio era una aventura de niñas y la muerte todavía parecía lejana.

Recuerdo que, a finales de los años 60 del siglo pasado, el Día de los Difuntos en Santo Domingo tenía  un significado muy distinto al que tiene hoy, sin la sombra del dolor; para nosotras tenía el brillo de la curiosidad, el misterio y una alegría casi festiva.

Mi hermana y yo íbamos en la noche al Cementerio Nacional junto a una tia,  aquella visita era casi como un paseo divertido, una aventura que esperábamos con curiosidad. Gracias a Dios, en ese entonces no teníamos ningún familiar cercano fallecido, por lo que la muerte era algo que conocíamos de oídas, pero que todavía no nos había tocado el corazón. IA

Lo que más nos gustaba era ver a la gente que acudía al cementerio. Había personas de todas las edades, familias que llegaban con flores, velas y utensilios para limpiar las tumbas de sus seres queridos. Observar cómo encendían las velas, cómo colocaban las flores con delicadeza y cómo algunos, entre lágrimas, decian oraciones y convertían aquel lugar en un espacio de amor y de encuentro con quienes ya no estaban.

A los ojos de una niña, todo aquello tenía algo de mágico. Las luces de las velas iluminaban la oscuridad, las personas caminaban de un lado a otro y el cementerio parecía cobrar vida por una noche. No entendíamos del todo el dolor que podía esconderse detrás de cada flor, de cada lágrima o de cada silencio. Para nosotras, era simplemente una experiencia diferente, una oportunidad para salir y descubrir algo que no veíamos todos los días.

En aquellos tiempos, nuestra música cotidiana era el merengue, los boleros y la bachata. Por eso, cuando llegaba el Día de los Difuntos y la radio comenzaba a transmitir música clásica, nos parecía que aquella música era exclusiva de los muertos. Su solemnidad, sus melodías lentas y sus sonidos desconocidos nos hacían pensar que solo podía escucharse en una ocasión como esa. ¡Una curiosa manera de interpretar este dia tan especial!

Con el paso de los años, comprendí que aquella música no pertenecía a los muertos, sino que era una expresión hermosa del arte y de la sensibilidad humana. Aprendí a escucharla, a disfrutarla y a reconocer en sus melodías emociones que antes no podía comprender. La niñez tiene esas cosas: uno le da significado a lo que ve y escucha desde la inocencia, sin imaginar que la vida, con el tiempo, nos enseñará a mirar de otra manera.

Hoy, cuando llega el Día de los Difuntos, ya no siento aquella emoción de niña. La vida ha pasado y, con ella, se han marchado muchos familiares y seres queridos. Unos descansan en un cementerio, otros fueron llevados a campos santos del interior del pais, pero todos permanecen en algún rincón de mi memoria. Sus voces, sus gestos, sus abrazos, los momentos compartidos y hasta las canciones que les gustaban, se han convertido en recuerdos que me acompañan, especialmente en estas fechas.

Ahora comprendo el dolor de quienes, aquella noche, limpiaban las tumbas, encendían velas y colocaban flores. Hoy sé que detrás de cada gesto había una historia, una ausencia y un amor que no termina con la muerte. Ya no me gusta ir a los cementerios. Quizás porque ahora sé lo que significa perder a alguien, porque las tumbas dejaron de ser simples lugares que observaba con curiosidad y se convirtieron en espacios que me recuerdan que la vida es frágil y que nadie está preparado para despedirse de quienes ama.

El Día de los Difuntos me devuelve, inevitablemente, a aquella niña que caminaba de noche junto a su hermana por el Cementerio Nacional, fascinada por las luces de las velas y el movimiento de la gente. Pero también me recuerda a la mujer que soy hoy, con el corazón lleno de ausencias y de gratitud por quienes todavía están. A veces quisiera volver a aquella época en la que la muerte parecía tan lejana, cuando el cementerio era un paseo y la música clásica era, simplemente, música de muertos.

Aquel día de inocente fascinación se ha transformado en una jornada de profunda nostalgia. Los años se han llevado a muchos seres queridos que ahora descansan en lugares diferentes, dispersos, lejos de aquel emblemático cementerio de la Máximo Gómez.

Pero la vida no permite regresar. Solo nos deja recordar. Y en esos recuerdos, entre las velas que iluminaban las tumbas y las melodías que la radio reservaba para aquel día, encuentro una parte de mi historia, de mi infancia y de ese tiempo en que todavía no sabía cuánto podía doler la ausencia de quienes amamos.

Ahora, la verdadera cita no es entre los pasillos de un campo santo, sino en la memoria y en el corazón, donde la presencia  de mis seres queridos sigue viva.

Hay recuerdos que comienzan con una sonrisa de niña y terminan con una lágrima de mujer. El Día de los Difuntos es, para mí, uno de ellos.

MB

Margarita Brito

Periodista con más de 20 años de experiencia en radio, televisión y prensa escrita. Esposa, madre y abuela. Escribo porque me gusta y porque nada me es ajeno.

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