Antonio José Gómez Peña

 

 

Por: Antonio José Gómez Peña

 

Santo Domingo.- La calidad del liderazgo no se mide en tiempos de bonanza, sino en la capacidad de gestionar la incertidumbre sin perder el rumbo.

La actual crisis derivada de las tensiones en el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo mundial, ha vuelto a poner a prueba la solidez de las economías abiertas.

En este contexto, el reciente mensaje del presidente Luis Abinader trasciende la rendición de cuentas: constituye una hoja de ruta basada en disciplina fiscal y sensibilidad social; dando una lección de realismo estratégico.

 

Para la República Dominicana, altamente dependiente de la importación de hidrocarburos, el impacto de este escenario es inmediato: presión inflacionaria, aumento en los costos logísticos y riesgos sobre el poder adquisitivo de los hogares.

Ignorar esta realidad sería irresponsable; trasladarla íntegramente al ciudadano, socialmente insostenible. La respuesta del Gobierno, basada en la gradualidad, revela una comprensión clara del delicado equilibrio entre estabilidad macroeconómica y protección social.

 

La opción elegida es la firma de una gestión que prioriza ese equilibrio como el activo más sagrado para la inversión. El país enfrenta esta coyuntura desde una posición de fortaleza relativa. Este blindaje no es retórico: es el resultado de una política económica preventiva que permite amortiguar la volatilidad externa sin comprometer la estabilidad cambiaria ni la confianza de los mercados.

 

El contraste internacional refuerza esta lectura. Economías avanzadas como Singapur han experimentado incrementos superiores al 20 % en sus costos energéticos, afectando directamente su competitividad logística. En España, los precios de los combustibles han superado el 18 % de aumento en marzo de 2026, presionando al sector transporte y al consumo. Frente a este escenario, la República Dominicana ha logrado contener los ajustes en un rango significativamente menor, actuando como amortiguador ante la volatilidad global.

 

Uno de los elementos más destacables de la estrategia gubernamental es la implementación de medidas de protección social sin caer en el populismo fiscal. La asignación de recursos a programas sociales y subsidios agrícolas, así como la decisión de mantener congelado el precio del GLP, evidencian una intervención focalizada que busca preservar el bienestar de los sectores más vulnerables sin comprometer la sostenibilidad de las finanzas públicas.

 

A esto se suma un factor estructural clave: la diversificación de la matriz energética. La apuesta por el gas natural, junto con la expansión de energías renovables no son solo metas ecológicas; son seguros de vida económicos. Esta infraestructura es lo que permite que hoy hablemos de ajustes controlados, en un contexto donde el crudo supera los USD 100 por barril, contar con fuentes más estables no es solo una ventaja técnica, sino un activo estratégico.

 

Desde mi perspectiva como inversionista, esta gestión del riesgo es lo que define a un «Unicornio del Caribe». Los capitales globales no buscan países sin problemas, sino países con seguridad jurídica, ROI predecible y capacidad de respuesta técnica ante las crisis externas. Lo que durante años fue objeto de debate, hoy se traduce en capacidad de respuesta.

La decisión de aplicar ajustes de manera gradual constituye, probablemente, el eje más complejo y a la vez más acertado de la política económica actual. Absorber el impacto total sería fiscalmente inviable; transferirlo de forma abrupta generaría un choque inflacionario difícil de contener. La gradualidad, en cambio, permite distribuir los costos en el tiempo, preservar la credibilidad institucional y evitar disrupciones económicas mayores.

 

Sin embargo, este equilibrio no recae únicamente en el Estado. La coyuntura exige también una corresponsabilidad ciudadana. El consumo eficiente, el ahorro energético y la comprensión del contexto global son componentes esenciales para sostener la estabilidad alcanzada. Como advirtió Juan Pablo Duarte: «Sed justos lo primero, si queréis ser felices». La justicia, hoy traducida en equidad económica, es condición indispensable para el bienestar colectivo.

 

Desde una perspectiva estratégica, la República Dominicana no solo está resistiendo el impacto de esta crisis, sino que está consolidando una ventaja competitiva. En un entorno global donde el capital busca certidumbre, previsibilidad y capacidad de respuesta, el país se posiciona como un destino confiable para la inversión extranjera.

 

La crisis es, por definición, transitoria. Lo que perdura son las decisiones. Y en este momento, la respuesta del gobierno dominicano apunta en la dirección correcta: equilibrio sin improvisación, protección sin desorden fiscal y liderazgo con visión de largo plazo. En tiempos de incertidumbre global, gobernar es, ante todo, saber equilibrar.

 

La República Dominicana no solo está resistiendo; está demostrando que tiene el temple de un Estado avanzado y eficiente, en condiciones para seguir liderando la captación de Inversión Extranjera Directa (IED) en toda la región y la confianza de toda una nación.

 

Sobre el autor

Antonio José Gómez Peña es ingeniero, empresario estratega en desarrollo de proyectos y divulgador de temas de actualidad. A la fecha se desempeña como Cónsul General de la República Dominicana en Barcelona.

Por Margarita Brito

Periodista con más de 20 años de experiencia en radio, televisión y prensa escrita. Esposa, madre y abuela. Escribo porque me gusta y porque nada me es ajeno.

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